DIOS ACOMPAÑA A LOS POBRES Y HUMILLADOS DESDE LAS MIGRACIONES FORZADAS
P. Conrado Zepeda Miramontes, SJ[ 1]
La vida cotidiana en las migraciones forzadas es dura y con poca solidaridad de la vida consagrada. Los migrantes se enfrentan a diversas situaciones en donde ponen en riesgo su vida: primero salen huyendo de condiciones de origen de violencia, pobreza, falta de oportunidades, hambre; en segundo lugar, las condiciones en el camino son cada día más adversas donde familias tienen que sortear inclemencias del tiempo, frío, calor, robos, violaciones, ataques de animales, el caminar por lugares inhóspitos; y tercero, y tal vez es el más doloroso es la indolencia de muchos hermanos y hermanas por donde pasan estos flujos y la indolencia de las comunidades cristianas y de la vida consagrada donde pasan de largo sin ver al caído, al abatido, a los migrantes que sufren, donde el mismo Cristo sufre en carne de ellos.
Un día frío del mes de diciembre de 2015, en un albergue para migrantes en el Estado de Hidalgo, en México, conocí a una familia del país de Honduras. La pareja traía en sus brazos a un bebe de semanas de nacido. Los agentes de pastoral estábamos haciendo un retiro de adviento en aquel albergue. Éste joven matrimonio con su niño en brazos llevaba una gran trayectoria queriendo llegar a Estados Unidos, los padres, desnutridos, con daños en cara y brazos por los rayos del sol, pero con la frente en alto, les había tocado ver nacer a su bebe entre matorrales, en condiciones insalubres, en medio del frío, y sin ningún tipo de atención médica, esta situación no impedía a sus padres seguir soñando para la construcción de un mejor futuro.
Eran tiempos de navidad donde celebramos la encarnación del Señor, y vi con claridad, en una oración contemplativa, que había mucha similitud del nacimiento de ese bebe con el propio nacimiento del niño Jesús: los dos naciendo en condiciones fuera de casa, de su tierra, allá apartados del pueblo en un rincón lejos de la gente, con unos padres pobres, pero llenos de ilusiones y en búsqueda de un mejor futuro. Jesús se sigue encarnando en los pobres, los desposeídos, en aquellos que no tienen, en muchas ocasiones, un lugar en nuestra sociedad ni en la Iglesia; sigue en medio de nosotros caminando como migrante, como refugiado, como un pobre sin hogar.
Los migrantes y refugiados nos recuerdan el camino recorrido por el pueblo de Dios para llegar a su tierra prometida. Fueron extranjeros en Egipto, donde fueron esclavizados y luego liberados por la mano de Dios a través de Moisés. La misma suerte tuvo el niño Jesús con su familia: salieron huyendo a Egipto para salvar sus vidas de las manos asesinas de Herodes.
Los migrantes y refugiados siguen repitiendo esas escenas porque huyen de la violencia, del hambre, de la persecución, de la falta de oportunidades, de muchas circunstancias que deshumanizan a nuestros hermanos y hermanas en sus lugares de origen.
Sólo al conocer sus historias y rostros, con nombre y apellido, podemos comprender lo que sufre el pueblo de Dios actualmente: sus clamores y luchas no son indiferentes por Dios, que siempre nos acompaña en todo momento.
La vida consagrada en Latinoamérica y el Caribe sigue a un Dios vivo que nos interpela en todo momento. Estamos insertos en las realidades de este mundo sin ser de este mundo, pero interactuamos con él para hacer un lugar donde todos, y especialmente los pobres y desposeídos, tengan su lugar en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades.
Estamos invitados a repensar, desde esta conmemoración del 20 de junio, día del refugiado, cuáles son nuestras nuevas acciones, inspiradas por el Espíritu, ya sean pastorales, educativas, contemplativas, misioneras. Sirviendo al Dios que se hizo hombre y pobre, nos invita a no olvidar a quienes Dios tiene siempre presente en su corazón: a los pobres y humillados, como sus preferidos. A nosotros, vida consagrada, nos corresponde atenderlos y hacer presente el Reino de Dios en medio de ellos, de todos nosotros. Dios nos conceda ese gran don de ver a Jesús encarnado en la vida de los migrantes y refugiados, que imploran nuestra atención y tiempo.
[1] Académico de Tiempo, Universidad Iberoamericana Puebla.